No siempre va mal y por eso cuesta verlo
Por qué los momentos buenos pueden hacer más difícil reconocer una relación que lleva tiempo desgastándote
BLOGNO FICCIÓNSOCIAL
Ros Ruimen


Inés le había pedido varias veces que comprara limpiador para el mármol. No era urgente ni especialmente importante, pero siempre acababa pasando lo mismo: Asunta iba al supermercado y volvía sin él.
—Otra vez se te olvidó.
Asunta dejó las bolsas sobre la encimera.
—Tenía un montón de cosas que hacer. Se me pasó.
Inés, bastante molesta, intentó suavizar el tono al contestar:
—Ya, pero por eso te dije que lo apuntaras. Siempre te dejas algo atrás porque no anotas nada.
Fue suficiente.
—Claro, porque tú nunca te olvidas de nada.
—Sí me olvido, pero no por no anotarlo. ¿Tanto te cuesta?
—Siempre estás igual. Eres una exigente. ¡Todo lo hago mal! —estalló Asunta, levantando la voz.
Inés respiró antes de contestar. Hacía tiempo que habían repartido las tareas de la casa. Ella se ocupaba de unas cosas; Asunta, entre otras, de hacer la compra. Precisamente habían llegado a ese acuerdo para evitar discusiones.
—No estoy diciendo que lo hagas todo mal. Estoy diciendo que, si eres tú la que hace la compra, tendrás que apuntar lo que falta.
Pero ya no estaban hablando del limpiador.
Asunta recordó una factura que Inés había dejado encima de la mesa durante dos días. Después mencionó una cita que había olvidado meses atrás. Luego llegó lo de siempre.
Que Inés era demasiado exigente. Controladora.
Que todo tenía que hacerse a su manera.
Que parecía estar esperando cualquier cosa para montar un problema.
—Es que contigo no se puede estar tranquila —acabó gritando Asunta—. Siempre encuentras algo.
La discusión fue subiendo de tono hasta que Inés cogió las llaves y salió de casa.
Mientras caminaba, sonrió amargamente pensando que otra vez lo que empezó por una tontería acabó convirtiéndose en una discusión sobre su carácter.
Cuando el problema deja de ser el problema
Visto desde fuera, todo podría parecer una discusión doméstica sin importancia. Una persona olvida comprar algo y la otra se enfada. Pasa en cualquier casa.
El problema no está necesariamente en ese olvido.
Tampoco en que Asunta se defienda. A nadie le gusta sentir que está haciendo las cosas mal. Hay personas que reciben cualquier reproche como si fuera un ataque mucho mayor de lo que realmente es. Se sienten juzgadas, reaccionan a la defensiva y llevan la conversación al terreno personal.
Es probable que Asunta no intente manipular a Inés de manera consciente. Puede que ni siquiera se dé cuenta de lo que hace. Quizá sencillamente no sabe gestionar bien el desacuerdo: cuando alguien cuestiona algo que ha hecho, lo vive como una crítica personal y responde defendiéndose.
Pero eso no impide que la dinámica termine desgastando la relación.
Porque cada vez que Inés intenta hablar de lo que le molesta, ocurre algo parecido. La conversación empieza por un hecho concreto y acaba girando alrededor de ella: su forma de decir las cosas, su carácter, lo exigente que es, las veces que también se ha equivocado.
El asunto original queda sin resolver.
La próxima vez vuelve a pasar.
Cuando protestar también se convierte en un problema
Con el tiempo, Inés empieza a medir más lo que dice. No porque dude siempre de lo que piensa, sino porque sabe que cualquier queja puede acabar convertida en una discusión sobre su forma de ser.
Esa contención empieza a pesarle. Siente que no puede expresarse con la misma libertad con la que Asunta manifiesta su enfado.
No porque el limpiador sea importante, sino porque sabe lo que puede venir después.
Si protesta, existe la posibilidad de que la discusión vuelva a escalar. Si calla, el acuerdo que habían alcanzado sirve de poco y nada cambia.
Se va instalando una sensación incómoda.
Si habla, busca conflictos.
Si deja pasar las cosas, Asunta termina haciendo lo que considera oportuno.
Sin embargo, Asunta no tiene el mismo problema para reprocharle cualquier cosa que, a su juicio, Inés debería haber hecho de otra manera. Puede enfadarse, protestar o mostrar su disgusto sin plantearse demasiado si eso va a provocar una discusión.
Esa diferencia empieza a pesar más que cualquiera de los asuntos concretos que las enfrentan.
Inés tampoco se considera perfecta. Reconoce que puede ser exigente, que a veces insiste demasiado o que podría expresar ciertas cosas de otra manera. Pero también sabe que Asunta es poco flexible cuando algo no le gusta.
El problema ya no es decidir cuál de las dos tiene más razón.
El problema es que una se permite mostrar su malestar mientras la otra ha empezado a contenerse para evitar lo que viene después.
A esas alturas, Inés empieza a plantearse algo distinto. Quizá no se trate de encontrar a la culpable ni de decidir quién tiene peor carácter. Tal vez sencillamente ha llegado a un punto en el que no quiere vivir con una persona ante la que siente que no puede decir «esto me molesta» sin que la conversación termine convertida en otra cosa.
Pero no siempre es así
Aquí aparece una de las razones por las que cuesta tanto ver el desgaste.
Asunta no está siempre enfadada.
La mayoría de las veces está de buen humor, hace bromas, prepara la cena y las dos se ríen durante horas. Pueden pasar un fin de semana estupendo. Pueden entenderse perfectamente y pensar que aquella discusión fue una tontería.
Entonces Inés vuelve a sentirse bien en la relación. Eso también es real.
Una relación que desgasta no tiene por qué ser desagradable las veinticuatro horas del día. Si lo fuera, probablemente sería mucho más fácil reconocer lo que está ocurriendo.
Los momentos buenos no son falsos porque existan los malos.
El problema aparece cuando esos momentos hacen que lo demás parezca menos importante de lo que es.
«Cuando estamos bien, estamos muy bien.»
«En realidad nos llevamos estupendamente.»
«El problema es que nunca sabemos hablar de lo que nos molesta sin acabar discutiendo.»
«Quizá tampoco fue para tanto.»
Una escena aislada puede no significar nada. Una mala contestación, un olvido o una discusión forman parte de cualquier convivencia.
Lo que cambia la mirada es la repetición.
Mirar el conjunto
Tal vez la pregunta no sea quién tenía razón sobre aquella compra. Quizá conviene mirar qué ocurre alrededor de esas discusiones.
¿Los acuerdos sirven para algo o hay que volver a negociarlos una y otra vez?
¿Se puede plantear un problema sin que la conversación termine convirtiéndose en un juicio sobre quien lo plantea?
¿Después de discutir se resuelve algo o simplemente pasa el tiempo hasta que todo vuelve a estar bien?
¿Una de las dos ha empezado a callarse o a medir lo que dice mientras la otra sigue expresando su malestar con total libertad?
No se trata de analizar cada frase ni de convertir cualquier conflicto en una señal de alarma. Tampoco de decidir que en toda discusión tiene que haber necesariamente una persona culpable y otra inocente.
Se trata de mirar el conjunto.
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