El arte de relacionarse
Por qué sobreexplicar o callar puede jugar en tu contra
BLOGNO FICCIÓNSOCIAL
Ros Ruimen
Comunicarnos con los demás no siempre es sencillo. A menudo nos encontramos en situaciones en las que no sabemos muy bien cómo actuar, qué se supone que tenemos que responder o cómo interpretar lo que la otra persona nos quiere decir.
Cuando nos cuesta entender ciertas dinámicas sociales, es fácil caer en respuestas que después sentimos como poco acertadas y que, sin pretenderlo, pueden terminar complicando algunas relaciones.
De la sobreexplicación al silencio absoluto
Si sentimos inseguridad o temor a que nos malinterpreten, podemos tener la necesidad de sobreexplicarnos. Intentamos justificar cada detalle o damos mil razones pensando que así evitaremos conflictos. Sin embargo, dar demasiadas explicaciones puede hacer que quien nos escucha perciba duda o inseguridad y, como resultado, ocurra justo lo contrario: que nos acabe cuestionando más de lo necesario.
También está el efecto contrario: el silencio. Cuando una interacción nos abruma o nos sobrepasa, podemos tender a alejarnos o dejar de responder para protegernos de ese momento incómodo. Pero esa actitud puede ser interpretada como desinterés, enfado o desprecio y acabar generando distancia o malentendidos.
El laberinto de las señales invisibles
Detrás de estos comportamientos suele estar la dificultad para interpretar señales no verbales o indirectas: los cambios de tono, las miradas, las frases hechas o incluso las pausas en un mensaje de texto.
Cuando no tenemos claro qué significa una actitud, la mente tiende a rellenar los huecos imaginando el peor escenario posible: «Lo he hecho mal», «Se ha molestado conmigo», «He dicho algo que no debía». Eso nos genera aún más inseguridad y aumenta las ganas de explicar, corregir lo que hemos dicho o directamente desaparecer.
Así puede formarse un círculo bastante agotador: primero intentamos explicarnos más de la cuenta, después nos arrepentimos por haber dicho demasiado y acabamos refugiándonos en el silencio.
Encontrar un punto de equilibrio
Para relacionarnos sin agotarnos no tenemos que convertirnos en personas expertas en adivinar las intenciones de los demás.
Podemos preguntar cuando algo no está claro, tomarnos un momento antes de contestar y evitar dar por supuesto lo que la otra persona piensa o siente. También podemos permitirnos ser breves sin sentir que estamos obligados a justificar cada decisión.
Es importante asumir que no entender una indirecta o necesitar tiempo para pensar qué queremos responder puede formar parte de nuestro propio ritmo.
No siempre vamos a interpretar bien lo que otra persona quiere decir, ni hace falta que encontremos la respuesta perfecta. A veces basta con decir lo necesario, preguntar cuando algo no está claro y aceptar que no todas las conversaciones tienen una respuesta exacta.
Entre explicarlo todo y no decir nada hay un espacio mucho más llevadero: ese en el que podemos preguntar, tomarnos tiempo y no sentir que cada conversación es un examen.


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