Conversaciones que parecen sencillas... hasta que se tuercen

Cuando una conversación te hace dudar de ti

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Ros Ruimen

Imagen del Post Conversaciones que parecen sencillas hasta que se tuercen. Ros Ruimen
Imagen del Post Conversaciones que parecen sencillas hasta que se tuercen. Ros Ruimen

Hay conversaciones que empiezan con una idea bastante sencilla: algo te ha molestado, quieres decirlo y esperas que la otra persona lo entienda, aunque no esté de acuerdo contigo.

Sin embargo, a veces la conversación da tantas vueltas que terminas hablando de otra cosa.

Ya no estás explicando qué ocurrió. Estás justificando por qué te molestó. Después, por qué reaccionaste de determinada manera. Más tarde, por qué elegiste ese momento para decirlo. Al final, casi parece que el problema eres tú por haber sacado el tema.

Y sales de ahí pensando si quizá exageraste.

Ese cambio no siempre resulta fácil de detectar porque nadie necesita decirte que estás equivocada de forma abierta. A veces basta con ir desplazando poco a poco el centro de la conversación.

Imagina que alguien hace algo que te incomoda y se lo dices.

—No me gustó que contaras eso delante de los demás.

La respuesta podría centrarse en lo que has dicho: qué ocurrió, por qué lo hizo, si entiende que te molestara o si piensa que lo interpretaste de otra manera.

Pero también puede ocurrir algo distinto.

—No sabía que eras tan susceptible.

De repente, ya no se habla de lo que hizo. Se habla de tu forma de reaccionar.

Si intentas volver al asunto, quizá aparezca otra respuesta.

—Siempre buscas problemas donde no los hay.

Ahora tampoco se habla de lo ocurrido. El tema eres tú otra vez.

Si insistes:

—Contigo no se puede hablar.

La conversación ha terminado recorriendo un camino curioso. Tú empezaste señalando una conducta concreta y has acabado teniendo que defender tu carácter.

Esto no significa que cada discusión en la que alguien se pone a la defensiva sea manipulación. Todos desviamos alguna conversación alguna vez, reaccionamos mal o intentamos protegernos cuando sentimos que nos están reprochando algo.

Lo importante suele estar en la repetición.

Si cada vez que expresas una molestia acabas sintiéndote culpable por haberla expresado, conviene prestar atención.

Si los hechos concretos desaparecen rápidamente y todo termina girando alrededor de tu sensibilidad, tu carácter, tus inseguridades o tus supuestas intenciones, también. Sobre todo, si empiezas a entrar en las conversaciones pensando más en cómo decir las cosas para evitar una reacción que en lo que realmente necesitas decir.

Ahí ocurre algo importante. Empiezas a vigilarte tú para que la otra persona no tenga que revisar su comportamiento.

La manipulación no siempre necesita grandes mentiras ni estrategias perfectamente calculadas. A veces funciona de una manera mucho más sencilla: consigue que prestes más atención a tu reacción que a lo que ocurrió.

Por eso puede ayudar volver a lo concreto. Si después de una conversación te quedas confundida o empiezas a darle vueltas, anotarlo puede ayudarte a separar lo que ocurrió de todo lo que vino después.

Puedes hacerlo en cualquier cuaderno o, si te sirve, utilizar el Diario de Claridad, pensado precisamente para ordenar este tipo de situaciones. Puedes descargarlo aquí.

¿Qué pasó? ¿Qué dije yo? ¿Qué respondió la otra persona?

¿Contestó realmente a lo que estaba planteando o la conversación terminó en otro sitio?

Separar los hechos de las explicaciones posteriores puede aclarar bastante una situación que, dentro de la discusión, parecía mucho más confusa.

También ayuda observar qué ocurre cuando intentas regresar al asunto inicial.

Una persona puede no estar de acuerdo contigo y aun así hablar de lo que ocurrió. Puede explicarse, discutir tu interpretación o incluso decirte que cree que estás siendo injusta.

Eso forma parte de una conversación.

Otra cosa es que nunca se pueda llegar hasta ahí porque cada intento termine convertido en un juicio sobre ti.

Cuando esto sucede muchas veces, el problema ya no es solamente una discusión que salió mal. Puede acabar afectando a la confianza que tienes en tu propia percepción.

Empiezas pensando: «Esto me molestó».

Después pasas a: «A lo mejor no debería haberme molestado».

Más adelante: «Quizá el problema es que yo me tomo las cosas demasiado en serio».

Hasta que llega un momento en que ya no sabes muy bien qué pensar. Precisamente por eso merece la pena prestar atención antes de llegar tan lejos.

No para desconfiar de cada palabra ni para buscar manipulación en todas partes, sino para conservar algo mucho más básico: la capacidad de reconocer cuándo algo te incomoda y poder hablar de ello sin que la conversación te obligue a olvidar por qué la empezaste.

De eso también trata Del Flechazo al Basta: de aprender a entender lo que ocurre en una relación cuando las señales empiezan a confundirse y ya no resulta tan fácil distinguir entre lo que estás sintiendo, lo que te están diciendo y lo que realmente está pasando.

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